lunes, 15 de diciembre de 2014

CIUDAD REAL CÉLEBRE: LA BATALLA DE ALARCOS


CIUDAD REAL DIGITAL
Barricada Cultural
15/12/2014
Por Eva Martínez Cabañas





En el siglo XII el poder de la iglesia estaba organizado en distintas órdenes militares y era equiparable a la de los reyes. Ambos estamentos se disputaban tierras y derechos hasta el punto de enfrentarse en batallas que arrasaban aldeas, y los maestres de estas órdenes religiosas actuaban como auténticos señores feudales cobrando impuestos a los vecinos de las aldeas emplazadas en sus dominios. La orden militar más poderosa de la zona era la conocida como Orden de Calatrava. No obstante, estos poderes colaboraban entre ellos cuando se trataba de hacer frente a un enemigo común: los musulmanes.

En esta época existió una aldea conocida como Pozo o Pozuelo Seco Don Gil. Se había fundado mediante las campañas de repoblación de las denominadas “tierras de nadie” de la Reconquista, un largo periodo en el que los reinos cristianos de la península ibérica fueron arrebatando territorios a los almohades. El lugar exacto donde se encontraba esta aldea hoy se llama plaza del Pilar, y está en pleno centro de Ciudad Real, donde encontramos una pequeña fuente del escultor López-Arza que hace referencia a este hecho histórico.

A muy pocos kilómetros del Pozo Seco de Don Gil, y en la margen izquierda del río Guadiana, también existía una aldea, una ermita y un castillo medievales ubicados en el cerro de Alarcos, un antiguo asentamiento ibérico de importante valor arqueológico. Sus inmediaciones fueron el campo de batalla en el que las tropas de los almohades aniquilaron prácticamente al ejército cristiano el 19 de julio de 1195.

En el año 1255, sesenta años después de la batalla de Alarcos, el rey Alfonso X el Sabio renombró la aldea del Pozo Seco de Don Gil y fundó Villa Real. Obtuvo así fieles súbditos en un emplazamiento situado en los dominios de la Orden de Calatrava. El Sabio definió el trazado de la villa y ordenó la construcción de una muralla que la rodease, con 130 torres y siete puertas. Lamentablemente de esta muralla hoy solo conservamos una pequeña muestra y la Puerta de Toledo, emblema de la ciudad. En Villareal se reubicó a los vecinos de Alarcos, y la población se asentó en grupos de cristianos, musulmanes y en una de las juderías más importantes de Castilla.

En 1420 el rey Juan II le concede a la Villa Real el título de ciudad, reconociendo así su apoyo al rey contra las órdenes militares, ya que la villa había enviado unos mil quinientos hombres armados cuando el rey se encontraba cautivo en el castillo Montalbán, situado al sur de la provincia de Toledo. Juan II otorgó a la villa el título de ciudad, un escudo con la leyenda “Muy noble, muy leal”, y el nuevo nombre: Ciudad Real. Pero esto sucedió dos siglos después de lo que ahora nos interesa…

En la batalla de Alarcos se enfrentaron las milicias cristianas del rey Alfonso VIII de Castilla y las del califa almohade Yusuf II, cuyo nombre era Abu Yagub Yusuf al-Mansur.

Dieciocho años antes Alfonso VIII había conquistado Cuenca con ayuda de Aragón, y el preocupado califa había pactado con él un periodo de paz para intentar frenar el avance castellano hacia Al-Andalus, la antigua Andalucía. En este periodo de tregua el rey castellano fue levantando un asentamiento estratégico sobre una elevación cercana al río Guadiana: el cerro de Alarcos.

En 1192, terminadas las treguas, los embajadores cristianos enviados por Alfonso VIII a la corte de Yusuf II propusieron unas condiciones de renovación bastante duras, ya que el rey pensaba que el califa tendría que ocuparse de una revuelta en la actual Trípoli y no les plantaría batalla.

El crecido monarca se entrevistó entonces en Toledo con el rey de León para definir su cooperación en la siguiente campaña bélica. El monarca navarro también concertó su ayuda, y los apoyos de la iglesia llegaron de la mano del papa Celestino III.

Aun no había terminado el castillo de Alarcos ni la muralla que lo cercaba, cuando envió a las tropas del arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, a reconquistar tierras musulmanas de la mano de numerosos nobles caballeros, soldados y otros tantos de la Orden de Calatrava. El obispo entró en las taifas de Córdoba, Jaén, y saqueó las inmediaciones de Sevilla de riquezas, vacas, ganado y jumentos haciendo más de trescientos cautivos. Esta ostentación de fuerza enfureció al califa.

Las fuerzas musulmanas estaban formadas por almohades, andaluces, árabes, guzz, los conocidos como voluntarios de la fe y un grupo de renegados cristianos. Los árabes representaban el contingente más poderoso del ejército musulmán después de los almohades, y los beduinos tenían una fuerte organización tribal y combatían con la técnica del tornafuye, que consistía en atacar con ímpetu y, antes de llegar al contacto con el adversario, volver grupas y aparentar retirarse. Esto envalentonaba al enemigo, que emprendía la persecución. Tras un recorrido, los beduinos daban la vuelta y se encaraban contra sus perseguidores lanzando dardos, flechas, jabalinas y azagayas y emprendiendo de nuevo la retirada. Los guzz eran guerreros turcos o kurdos especializados en tirar con arco a caballo, y los voluntarios eran los más fervorosos. Estos últimos procedían del norte de Marruecos, y dedicaban su vida a la oración y a combatir a los enemigos de su religión. Ocupaban el segundo puesto entre las tropas como exploradores, y eran enviados a los puestos fronterizos.

El califa Abu Yagub Yusuf al-Mansur reunió en Sevilla un ejército de trescientos mil hombres y avanzó hasta Córdoba, donde se unieron a él las tropas del conde de Lemos, Pedro Fernández de Castro el Castellano, quien había rehusado dar vasallaje a su primo Alfonso VIII.

El califa dejó a su hermano Abú Yahya como gobernador de Al-Andalus y cruzó Despeñaperros. Sus tropas llegaron al castillo de Salvatierra, a pocos kilómetros del municipio de Calzada de Calatrava, y avanzaron hasta el castillo de Calatrava (en el término municipal de Aldea del Rey y a pocos kilómetros de Almagro, que pertenecía a la orden militar de Calatrava). Un destacamento calatravo junto a caballeros de fortalezas cercanas se enfrentó a las tropas musulmanas, y fueron casi exterminados.

Alfonso VIII, preocupado por los acontecimientos, se apresuró a reunir todas las tropas posibles en Toledo y marchó hacia la fortaleza de Alarcos a pesar de estar en construcción, ya que esta se encontraba en los lindes de sus posesiones y en la frontera con Al-Ándalus. Acudieron en su ayuda los reyes de Navarra, Aragón y León, pero debido a una excesiva confianza en sus huestes, Alfonso VIII no esperó a este último que se encontraba ya en tierras de Talavera, y retó al califa a presentar batalla el día 17 de julio. Yusuf II, más prudente, no aceptó la fecha y prefirió esperar la llegada del resto de sus fuerzas.

Así aguardó la madrugada del 19 de julio para formar en la colina conocida como La cabeza, a dos tiros de flecha de Alarcos, como narran Las crónicas árabes de Rawd Al-Quirtas y de Bayan  Al-Mugrig, así como las crónicas cristianas del arzobispo Ximénez de Rada, la Primera crónica general, la latina de los Reyes de Castilla y las de Calatrava, Rades y Andrada.

En estas memorias se narra cómo unos diez mil caballeros leales al rey juraron que no huirían hasta que no quedase hombre con vida, y para ellos la batalla llegó a convertirse en matanza.

Los cristianos estaban al mando de don Diego López de Haro, senescal de Castilla y señor de Vizcaya, y de sus destacamentos. En segunda línea se encontraba el rey con su caballería e infantería. El ejército del monarca cristiano también estaba compuesto por los condes de Lara, sus yernos (que llegaron un día después de la batalla), Ordoño García de Roda y sus hermanos; Pedro Rodríguez de Guzmán y su yerno Rodrigo Sánchez, los obispos de Ávila y Segovia, el obispo de Sigüenza y el conde Pedro, señor de Molina. También habían sido convocados los distintos concejos o municipios, entre los que destacó el extremeño Sancho Jiménez.

Las tropas de las órdenes militares eran disciplinadas y conocían bien las tácticas musulmanas y las fronteras, por lo que generalmente eran situados en las posiciones más arriesgadas. Los más valerosos eran los Templarios y los Caballeros Hospitalarios en Tierra Santa, que elegían ocupar la vanguardia y retaguardia en las contiendas.

En la batalla de Alarcos participaron las huestes del maestre de Calatrava Nuño Pérez de Quiñónez, del maestre de Santiago Gonzalo Rodríguez, y las del maestre de la orden portuguesa de Évora, Gonzalo Viegas. Las milicias religiosas asumieron el mando de la orden que mayor número de guerreros aportase, que en este caso era la orden de Calatrava.

La tres primeras cargas de la caballería pesada de López de Haro fueron desordenadas pero de gran fuerza, e hicieron retroceder a los almohades colina arriba al lugar donde habían formado antes de la batalla, causando numerosas bajas y la muerte del visir. Y es que, a pesar de ser inferiores en número, las tropas del rey estaban mejor armadas.

Sin embargo, después de tres horas de batalla, el calor y el cansancio comenzaron a hacer mella en la caballería cristiana. Fue entonces cuando el califa hizo aparecer el resto de su ejército, que se reagrupó cerrando la salida a la caballería cristiana. La descansada caballería ligera almohade se posicionó en los flancos enemigos y atacó por la retaguardia cerrando el cerco.

De esta forma, la caballería pesada cristiana tuvo serios problemas para maniobrar en un reducido espacio repleto de cadáveres. Los musulmanes utilizaron la táctica de rápidas ofensivas para causar el mayor número de bajas, seguidas de retiradas hasta sus líneas antes de que el enemigo reaccionase a los ataques. A pesar de su juramento, los cristianos no tuvieron más remedio que huir desordenadamente hacia donde pudieron. Al imprudente rey Alfonso VIII tuvieron que sacarlo de la batalla a la fuerza entre algunos nobles, ya que prefería morir en combate antes que retroceder. Lo pusieron a salvo mediante una estratagema: entraron con él en el castillo, pero lo sacaron por otra puerta emprendiendo camino hacia Toledo.

El ejército de reserva cristiano fue testigo privilegiado de la suerte de sus compañeros. Envalentonados por su victoria, los musulmanes lanzaron algunas unidades de caballería sobre este. Ante el ataque, las tropas de reserva entraron en pánico e intentaron refugiarse en el castillo todos al mismo tiempo; produciendo un cuello de botella en la puerta que facilitó el trabajo a los almohades. Consiguieron entrar unos cinco mil hombres, pero al estar sitiados no podrían recibir víveres ni agua. Diego López de Haro también se había refugiado en el inacabado castillo, y decidió negociar la rendición de la fortaleza: su libertad y la de sus hombres más allegados a cambio de doce caballeros para pedir por ellos rescate económico. Los vencedores entraron en la fortaleza de Alarcos quemando las puertas pensando que el rey estaba dentro. Se apoderaron de armas, provisiones, riquezas, caballos y ganado, secuestraron mujeres y niños y mataron a todos los que intentaron defenderse.

Entre los castellanos más notables que murieron en batalla estaban los obispos de Ávila, Segovia y Sigüenza, así como numerosos caballeros de renombre. Las pérdidas fueron muy numerosas. Los vencedores se hicieron con otras fortalezas y con las tierras de la Orden de Calatrava hasta llegar casi a Toledo, lugar donde se refugiaron los supervivientes de la batalla.

Yusuf II regresó a Sevilla para restablecer las bajas de su mermado ejército. En los años siguientes sus tropas devastaron Extremadura, el valle del Tajo y La Mancha.

El rey Alfonso IX de León se enfureció con Alfonso VIII de Castilla por no haber esperado su llegada antes de iniciar la batalla de Alarcos, y Pedro Fernández de Castro el Castellano se convirtió en vasallo y Mayordomo Mayor del rey de León, quien a su vez negoció varios pactos con el califa almohade.

Yusuf II abandonó sus asuntos en Al-Andalus y regresó enfermo al norte de África donde falleció. El nuevo califa, Muhammed Al-Nasir, intentó frenar un nuevo avance cristiano sobre Al-Andalus, pero la Reconquista había tomado un nuevo rumbo a partir de la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212.

En el cerro de Alarcos hoy queda la ermita como testigo de la época. Las excavaciones arqueológicas que se vienen desarrollando desde 1984 han sacado a la luz gran parte de la muralla medieval y una fosa común con restos de la batalla.

Si alguien desea saber más sobre esta batalla, no tiene más que subir al cerro de Alarcos y preguntar a Ceferino Bravo Pradas, guardián de la ermita de la Virgen de Alarcos, que prefirió cambiar su armadura y afilada espada por simpatía y un derroche de historias que compartir. Gran muchacho. Para él va esta cita anónima: “En la batalla se conoce al soldado; pero en la victoria se conoce al caballero”. Un abrazo, compañero.



Fuentes: Wikipedia, Ayuntamiento de Ciudad Real, Blog Las últimas águilas negras, Ciudad Real Monumental, Biblioteca.cisde.es.

Foto: laguia2000.com




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